Amo el odiarme

By

Estás acostado en tu cama; el cuarto está a esa temperatura que no es fría ni caliente, sino perfecta. Los rayos del sol escapándose un poco por las ventanas, iluminando el cuarto; dejándote saber que el día ha llegado y que es hora de levantarse. En ese mismo instante suena la alarma de tu teléfono. Estiras la mano, sacándola de debajo de las sábanas para darle snooze, porque quieres dormir cinco minutos más; vuelves a tomar ese sueño tan rico del que no te quieres levantar y justo ahí la alarma suena nuevamente. Ya que no tienes de otra, abres los ojos y esperas a que se ajusten a la claridad del cuarto. Mientras se van ajustando, te vas estirando, pero sigues con el pensamiento de que “hoy no me quiero levantar, quisiera seguir durmiendo”. Tomas el teléfono y, como de costumbre, verificas las notificaciones nuevas que tienes. Luego, entras a tus redes sociales por alrededor de quince minutos. Por fin te levantas de la cama y te vas al baño.

Enciendes la ducha con agua caliente, te quitas la ropa de dormir y te metes en la ducha. Cuando te cae el primer chorrito de agua sobre la piel, se te eriza; el agua todavía no está caliente. Esperas unos instantes a que se calienta y te bañas. Cuando acabas, apagas la ducha, te pones la toalla alrededor del cuerpo y con una mano intentas quitarle el vapor al espejo para poder observarte por primera vez en la mañana de hoy. Te empiezas a lavar la boca y a la vez te fijas en las ojeras que te llegan a los cachetes; como el ojo izquierdo es un poquito más grande que el ojo derecho, observas cómo tienes que depilarte las cejas y te acuerdas de todo el sufrimiento por el que pasas cuando lo haces. Tu pelo, que ahora al estar mojado parece decente, pero no lo es, el que desearías cambiar con una de las modelos que utilizan en los anuncios de Pantene o TRESemmé. Ves cómo tu nariz es un poco pequeña para tu cabeza, cómo tus cachetes están tan gordos que cuando sonríes te tapan los ojos. Hablando de sonrisas, tus dientes. Los que están derechos, pero no; los que están blancos, pero no tan blancos, pero tampoco están amarillos. Observas tus labios, con un color pálido, y piensas: “Los de las modelos, cantantes y actrices no son así, ¿cómo lo harán?”. Posiblemente cirugía”. Miras cómo tu busto está separado uno del otro y piensas que se puede construir un puente en medio, como uno es más grande que el otro y tú lo notas claramente, por eso cuando usas los brasieres, los usas más ajustados de un lado. Analizas cómo tus hombros son demasiado anchos para tu cabeza y lo grandes que son tus brazos. Como los rollitos de la barriga se forman cuando te agachas a enjuagarte la boca. No tardas en imaginarte cómo te verás cuando estés sentada frente a la persona que te gusta. Observas cómo tu barriga sobresale de tu cuerpo; no está plana y solo piensas en hacer ejercicios y dieta para poder tener un cuerpo de esos de revista. Miras tus muslos. Oh, tus muslos, los cuales te harían rico si los vendieras como perniles.

Vuelves a fijar tu mirada en el espejo y lo único que piensas es en lo mucho que odias este cuerpo que tienes, el cómo quisieras tener otro para poder tirarte fotos de esas que se pasan subiendo en Instagram y reciben muchos “me gusta”. Terminas de lavarte la boca, te limpias, te lavas la cara y te pasas un cepillo por el pelo que ya se está secando y se está volviendo no tan decente. Entras a tu cuarto todavía con la toalla en el cuerpo, sacas la ropa que te vas a poner hoy y, mientras te la vas poniendo, vuelves y observas tu no perfecto cuerpo. Te sigues diciendo cosas horrendas sobre tu cuerpo. Las mismas que te dices todas las mañanas porque esto se ha convertido en una rutina. Cuando terminas de vestirte, entras al baño para peinarte, aunque sabes muy bien que cuando salgas de tu casa no va a parecer que te peinaste. Regresas al cuarto para recoger las cosas que te vas a llevar: el bulto, la cartera, la sombrilla, las libretas, la wallet, etc. Cuando terminas, das un respiro y te despides de tu hermosa, caliente y comodísima cama, que te estará esperando cuando regreses por las noches para abrazarte.

Te vuelves a mirar al espejo, te miras fijamente y te dices: “Hoy estoy más buena que ayer”, y sonríes porque si tú puedes pensar en todas esas cosas malas y horribles sobre tu cuerpo y seguirte amando incondicionalmente, no te va a importar.ni a lastimar nada de lo que los demás digan sobre ti.

About

A cozy blog by a 30-year-old introvert sharing honest thoughts, life’s small joys, and a love for books, stories, and sugary drink—with a dash of humor and curiosity

Yours truly,
Y.

Latest post:

Leave a comment